Marianne Enckell
Traductora: Alín Salom

En febrero de 1999, las mujeres libertarias de América latina habían organizado una reunión en Montevideo. El último día fueron al centro ciudad, vestidas totalmente de negro según la moda impuesta por los talibanes, para rendir homenaje a la resistencia de las mujeres en otras partes del mundo y protestar contra la opresión de las mujeres afganas. Los que pasaban por allí se detuvieron; entonces, sin dudar, se desvistieron y terminaron su manifestación, desnudas como el día en que nacieron. ¡Hace falta atreverse!

Hace algunos años el CIRA, Centro Internacional de Investigaciones sobre el Anarquismo en Lausana, montó una exposición sobre unas veinticinco mujeres anarquistas cuyos escritos conserva. Desde entonces, hemos localizado por lo menos unas sesenta mujeres autoras, algunas de ellas feministas, otras no. Les doy la palabra; ellas hablan mejor de lo que podría hacerlo yo. No hay una sobre cien… y sin embargo existen las mujeres anarquistas (como podía haberlo cantado Léo Ferré) y son muchas más que las presentadas aquí. ¡Nuestras abuelas no solo son Louise y Emma!
«Nada me es más odioso, más indignante que una mujer que responde cuando se le habla de feminismo: “El feminismo no me interesa, no lo necesito”». (Nelly Roussel, Palabras de combate y esperanza, 1919)

En la Argentina del final del siglo XIX un fuerte crecimiento económico y la afluencia de inmigrantes de Europa favorecen el nacimiento de un movimiento obrero militante y radical. Los anarquistas constituyen una parte esencial del movimiento y publican una veintena de diarios en español, en francés y en italiano. La Voz de la Mujer, publicado en Buenos Aires, en 1896, con una tirada de 1000 o 2000 ejemplares y distribuido de manera semiclandestina en las ciudades principales del país, critica con ferocidad a los compañeros y su «feminismo» hipócrita. «¡Ni dios, ni amo, ni marido!», claman las redactoras, Pepita Gherra, Luisa Violeta, Virginia Bolten («la Michel rosarina»), Teresa Marchisio. Militando a favor del amor libre y el comunismo anarquista, arremeten contra la Iglesia y los curas, alientan al boicot y la acción directa.

«¡Compañeros y compañeras, salud! Hartas de  llantos y miserias, hartas del aspecto lamentable que ofrecen permanentemente nuestros pobres hijos, niños de nuestro corazón, hartas de reclamar y suplicar, ser el juguete del capricho de nuestros infames explotadores o malvados esposos, hemos decidido alzar la voz en el concierto social y exigir, sí, exigir, nuestra parte de placer en el banquete de la vida». (La Voz de la Mujer, Buenos Aires 1896, reed. 1997)

Su cólera seguramente no se apagó con el cese del diario por razones financieras. Habían sido probablemente influenciadas por las españolas Soledad Gustavo y Teresa Claramunt, por las francesas Flora Tristan o Marguerite Durand. No obstante, es probablemente el primer diario de mujeres anarquistas.

Hubo varios diarios más a continuación. Citemos L’exploitée [La explotada], en Lausana, 1907-1908, de Margarethe Faas-Hardegger; Tian Yi Bao [Justicia natural en chino], en Tokio, 1907, de He Zhen y su compañero; Seiko [Literatas], en Japón, hacia 1920, de Noe Ito; luego evidentemente Mujeres libres, en España, desde 1936.

Pero las mujeres han sido también activas dentro del movimiento anarquista cuando se han sentido suficientemente autónomas para apoyar a los hombres. Lo cual no era tan fácil, como atestigua Rirette Maitrejean:

«Debía tomar una etiqueta. ¿Sería individualista o comunista? No tenía elección. Entre los comunistas la mujer queda reducida a tal papel, que jamás se habla con ella, ni siquiera antes. Es verdad que entre los individualistas, lo que ocurre no es muy diferente.

Preferí no obstante el individualismo. No diría lo mismo del ilegalismo. Encuentro que los riesgos que se corren no están en proporción a las ventajas». (Rirette Maitrejean, Souvenirs d’anarchie [Recuerdos de anarquía], 1913, reeditado en ediciones La Digitale, 2005)

La condición femenina

Una de las primeras preocupaciones de las mujeres anarquistas, tanto cuando escriben en diarios o panfletos como en cartas, es, por supuesto, la condición de las mujeres en su sociedad y su época. Solo citaré a dos de ellas, una sueca y una española. Moa Martinsson, colaboradora del diario sindicalista sueco Arbetaren, escribe a Elise Ottesen Jensen, hacia 1923:

«Intenta imaginar la vida que llevamos, mujeres de obreros perdidos en una provincia lejana. Jamás una ocasión de escuchar buena música, ni asistir a una exposición instructiva, útil para las mujeres. La vida cotidiana es: comida, ropa, remiendo, huerta y cerdo; apenas sabemos si la Tierra es redonda o cuadrada… Cuando nuestros hijos ven que ignoramos todo lo que no sea el hogar, comienzan a mezclar un poco de desprecio con su afecto. Y esta superioridad se vuelve a encontrar cuando se casan y ella intenta saber un poco qué ocurre en el mundo». (Citado en Arbetaren, en fri tidning, Estocolmo, 1980)

Y una de las fundadoras de Mujeres Libres, Lucía Sánchez Saornil, intervenía del modo siguiente, en 1935, en Solidaridad Obrera:

«Ya no se discute como en el siglo pasado para saber si la mujer es superior o inferior: se afirma que es diferente. Ya no se trata de un cerebro de un peso o un volumen más o menos grande, sino de pequeños cuerpos esponjosos que imprimen un carácter particular al ser, determinando su sexo y por ende sus actividades sociales. Si bien nada tengo que objetar a esta teoría desde el punto de vista fisiológico, sí tengo mucho que decir en cuanto a las conclusiones que se pretende deducir de ella. ¿La mujer es diferente? De acuerdo. Tal vez esta diversidad no se deba tanto a la naturaleza como al medio en el cual ella ha evolucionado. […]  Se considera a la mujer actual como una especie acabada, sin tener en cuenta el hecho de que no es más que el producto de un medio continuamente coercitivo y que si las condiciones primarias fueran restablecidas, es casi seguro que la especie se modificaría ostensiblemente, dejando en ridículo las teorías de una ciencia que pretende definirla. […]  Dándole un valor pasivo, desdeñáis a la mujer como valor determinante en la sociedad. Despreciáis la aportación directa de una mujer inteligente, en favor de un hijo tal vez inepto. Repito, hay que devolver a las cosas su verdadero sentido. Que las mujeres sean mujeres antes que nada: solo si ellas son mujeres tendréis las mujeres que necesitáis». (“La cuestión femenina en nuestros medios”, Solidaridad Obrera, 1935)

Organizar a las mujeres

Para encontrar una salida, es necesario que las mujeres se organicen. Hay varias maneras de hacerlo. Hay en primer lugar el viejo método de Lisístrata, la huelga de la cama. Madeleine Vernet lo propone en 1905 con énfasis:

«No, no queremos más amos ni esclavos, han declarado antaño los campesinos rebeldes. ¡Pues, bien, Mujer, te toca! Clama tus voluntades, reivindica tus derechos y rompe tus trabas. Hermanas orgullosas te han mostrado ya el camino; sigue sus pasos por los senderos de la cólera y el odio, porque el amor no es posible donde hay cadenas. Abandonemos el amor, ¡oh, hermanas!, hasta el día siguiente y sigamos con orgullo la Rebelión intrépida. Hacia el cielo fulgurante, hacia el horizonte bermejo, ¡conquista tu parte de aire puro y de sol! ¡Oh, mujer! ¡Deja caer tu carga, cariátide!». (Cariátides, 1905)

Otra pionera de la contracepción y la libertad de las mujeres de disponer de su cuerpo, Margaret Sanger, publicó en Nueva York, en 1914, un pequeño periódico, The Woman Rebel [La rebelde mujer, reeditado en 1976], que fue embargado en casi cada número:

«Las mujeres rebeldes reclaman:
el derecho a la pereza,
el derecho a ser madre soltera,
el derecho de destruir
el derecho de crear,
el derecho de amar,
el derecho de vivir».

La explotada de Margarethe Faas-Hardegger es el primer diario que se dirige a las mujeres sindicalistas, tanto sobre cuestiones propiamente femeninas (explotación, acoso, contracepción) como para invitarles a celebrar el Primero de Mayo:

«Venga, mujeres que trabajáis en las fábricas, los talleres y las casas: ¡tomad un día de libertad! ¡Cesad de trabajar!… Salgamos hoy de todas las casas que nos asfixian: de la fábrica ruidosa, del taller lleno de polvo, del domicilio con techo oblicuo, salgamos todas! Cojamos a nuestros niños por la mano y vayamos a sentarnos en praderas verdes, en las orillas de los bosques. Y en común con los camaradas que piensan como nosotras y que desean lo que deseamos, ¡celebremos la jornada proletaria!» (Berna, 1907-1908, reeditado en Noir, 1977)

He Zhen fue redactora de uno de los primeros diarios anarquistas chinos, Justicia natural, publicado en el exilio, en Tokio, en 1907:

«La mayoría de las mujeres están ya oprimidas por el gobierno y por los hombres. El sistema electoral aumenta su opresión agregándole un tercer grupo dominante: las mujeres de la élite… Cuando algunas mujeres en el poder dominan a la mayoría de las mujeres sin poder, eso produce desigualdades de clase entre las mujeres. Si la mayoría de las mujeres no quieren ser controladas por hombres ¿por qué iban a querer ser controladas por mujeres? En lugar de competir con los hombres por el poder, las mujeres deberían derribar la dominación de los hombres, los cuales llegarían a ser entonces iguales a las mujeres. Ya no habría ni mujeres sometidas ni hombres sometidos. Esta es la liberación de las mujeres». (Citado en Robert Graham, Anarchism, a documentary history, Montreal 2005)

El 8 de marzo es el 1 de mayo de las mujeres, aunque la moda actual sea hacer de él una jornada ecuménica. Mensaje de radio de los marineros de la ciudad sublevada de Kronstadt, el 8 de marzo de 1921:

«Hoy todo el mundo está de fiesta. Es la Jornada de las Trabajadoras. Bajo el trueno de los cañones, nosotros, los de Kronstadt, enviamos nuestro saludo fraterno a las obreras del mundo entero. ¡Escuchad todos, los de lejos y los de cerca! Entended que vuestra libertad también está en juego en la lucha sostenida en Kronstadt. Ojalá podáis conquistar pronto la emancipación social de toda forma de violencia y opresión. En 1917 creímos que la habíamos obtenido. Fue un error. Pero tanto para vosotros como para nosotros, no es demasiado tarde aún. Aquí, nuestras obreras, nuestras mujeres están amenazadas. No olvidéis que estáis en comunión con nosotros, unidos por el destino. ¡Viva la revolución social en el mundo entero! ¡Os enviamos nuestro saludo, libres trabajadoras revolucionarias!» (Janis Bogdanow, Ceux de Kronstadt, traducido del alemán, ed. Gallimard, 1962)

En Alemania existió de 1921 a 1930 una alianza femenina (Syndikalistische Frauenbund) en el seno de la organización sindicalista revolucionaria Freie Arbeiter-Union Deutschlands, que iba dirigida esencialmente a las «amas de casa», ignoradas por los sindicatos.

«Los diez mandamientos de la sindicalista:

Instrúyete en todos los dominios del conocimiento. Saber es poder.

Lee atentamente tu diario Frauen-Bund y todos nuestros buenos libros y panfletos.

Rechaza dar tu voz en las elecciones.

Sal de la iglesia. Saca a tus hijos de la instrucción religiosa: la Iglesia sirve a los ricos y los poderosos.

Vive de manera socialista en casa: en la igualdad, la libertad y el amor con tu hombre y tus hijos.

Cría a tus hijos como seres libres, en el espíritu de las ciencias naturales.

Practica la ayuda mutua con tus vecinos y en la comunidad.

Participa en todas las tareas de la Alianza femenina

Sostén todas las luchas de tus camaradas proletarios por el progreso y la libertad.

Recluta sin cesar y en todas partes nuevas militantes para la Alianza femenina sindicalista».

En La Paz, en Bolivia, en el seno de la Federación obrera local, fuertemente influida por el anarquismo, se organizaron en la década de 1920 sindicatos de floristas, de amas de casa, de vendedoras del mercado. Catalina Mendoza y Petronilla Infantes cuentan sesenta años más tarde:

«¡Qué maravilla aquella época! La organización estaba aquí, allá, por todas partes. El primero de mayo había que ver cómo salíamos las mujeres, reunidas por lugar de trabajo, por federación […]. Estábamos con los amigos, las mujeres estaban organizadas por su lado y los hombres también, en sindicatos enteramente de hombres, los mecánicos, los sastres… y nos manifestábamos juntos. ¡Ah, qué maravilla era!

Primero debíamos ser nosotras mismas, sin discriminación. Por eso nos respetábamos los unos a los otros, entre compañeros y compañeras, y también las amigas con sus esposos. No se peleaban como pasaba en otros hogares donde se dan golpes, donde la mujer araña, lanza botellas; no conocíamos eso… El sindicato era libre, con los anarquistas y los anarcosindicalistas. Quiere decir que queríamos ser libres, controlar nuestro modo de vida, tener libertad de voz. Nos habíamos organizado de tal modo que nadie nos dirigía ni nos decía a dónde ir». (Zulema Lehm A. y Silvia Rivera C., Los artesanos libertarios y la ética del trabajo, La Paz 1998.)

La pareja, el sexo

Existe un cierto número de textos de hombres anarquistas sobre el amor libre; pero no es sorprendente que las mujeres anarquistas hablen abiertamente de la vida de pareja y de familia, de pasiones y problemas, de la prostitución, el cuerpo y el sexo.

«La condición sexual es mil veces más importante para nosotras que cualquier otra condición, a causa de la prohibición a la que está sometida, a causa de su papel directo en nuestra vida cotidiana, a causa de su prodigioso misterio y de las consecuencias temibles que causa el desconocimiento que padecemos». (Voltairine de Cleyre, hacia 1900, en Selected Works, Nueva York 1914).

La vida de pareja no es fácil, estima Madeleine Pelletier:

«La pareja no está compuesta por un amo y su sirviente, sino dos camaradas unidos por el lazo del amor. No dudo de que sean necesarios muchos años para que los hombres pierdan la costumbre de hacerse servir por su mujer. Las mujeres acelerarán esta evolución desarrollando en sí mismas el sentimiento de su dignidad y su valor personal». (El amor y la maternidad, París, 1923)

De ello testimonia fríamente Catherine Brechko, hablando de la Rusia de 1871 (Hidden Springs of the Russian Revolution, Stanford, 1931):

Tenía veintiséis años y teníamos, mi marido y yo, la vida delante de nosotros. Quise hablarle con franqueza. Le pregunté si estaba dispuesto a soportar el exilio o la muerte para la causa de la libertad. Dijo que no. Entonces lo abandoné.

El principio, o la elección del amor libre, es teorizado por escasas mujeres, principalmente por Madeleine Vernet que libra una guerra contra el matrimonio y la prostitución, puesta en práctica por muchas personas. En un texto recientemente reeditado (“El amor libre”, La Question sociale 7, Bogny 1997), una vieja dama, Madeleine Després, declara simplemente y honestamente, hacia 1908:

He practicado la libertad en el amor sin ostentación, pero sin hipocresía; jamás he querido ligarme definitivamente a un compañero, más por temperamento, imagino, que por convicción. He cohabitado algunas veces con el hombre que había elegido como compañero… He preferido a menudo conservar mi casa, ser libre de recibir a quien me gustaba… Nunca he aceptado que me cortejaran sin plantear la cuestión previa de la salvaguarda de mi libertad.

Pero hay también en la historia del anarquismo parejas aparentemente logradas: Lucy y Albert Parsons, Milly Wittkop con Rudolf Rocker, Mollie Steimer y Senya Flechine, Ida Mett con Lazarévitch, Lola Iturbe y Juanel, Marie Equi y Harriet Speckart, Clara y Paul Thalmann. Los hay también en la redacción y probablemente entre las lectoras y los lectores de esta revista…

La brasileña Maria Lacerda de Moura dedica su obra militante y provocadora “a [su] Carlos:

A mi Carlos que supo comprender la grandeza de mi idealismo de pensadora impenitente; a él que merece mi profundo agradecimiento por el modo en que renunció a los prejuicios para que tuviéramos una vida conyugal sin vulgaridad; por su devoción y su lealtad excepcionales. A mi gran amigo, el beso más afectuoso y más fraternal. Nuestra vida es el mejor ejemplo de que la verdadera emancipación femenina no consiste en la destrucción del hogar, sino al contrario: cuando hombres y mujeres se vuelven dignos los unos de los otros, por superioridad moral, cuando se elevan a la altura de un gran amor que exalta y purifica, comprendiendo el significado de la existencia, entonces llegan a saber por qué los precursores se sacrificaron por una idea. (Maria Lacerda de Moura, A mulher e uma degenerada, 1924.)

Saludemos también a las mujeres mudas, las que no tienen más que la mitad de una memoria, porque han pasado la mitad de su tiempo en la cocina, mientras sus compañeros discutían, como me contó Esther Dolgoff, como lo viví en casa de Coucou Bösiger, memorias de sus hombres, madres nodrizas, mujeres en la sombra que no han reivindicado otro lugar.

Mujeres no “femeninas”

Algunas mujeres se han encontrado ante la elección entre militar o vivir una vida de pareja, de familia. Louise Michel, por ejemplo, dijo:
Si la igualdad de sexos se afianzara, se abriría una buena brecha en la estupidez humana.

Reconocía también que:

Hace mucho que he sacrificado mi persona y que el nivel ha superado lo que puede serme agradable o desagradable. No veo más que la Revolución… A ella le serviré siempre; a ella le saludo…
En cuanto a la italiana Nella Giacomelli, escribe a un amigo en 1906:

La cuestión social me ocupa mucho. Me apasiona, por lo menos mi mejor lado. Refractaria al amor, desconfiada respecto a los hombres, sin curiosidad por la vida que se me ha revelado demasiado triste e injusta como para apreciarla, he comprometido toda la energía de mi alma y de mi inteligencia en la propaganda de las ideas socialistas (carta a Jacques Gross, CIRA).

Finalmente Milli Steimer dice:

A la realización de esta idea dedico toda mi energía y ofrecería mi vida si fuera necesario (Toda una vida de lucha, México, 1980).
Educación

¿A qué dedican, pues, tanta energía, tanta inteligencia? A menudo a la educación y la propaganda. Al final del siglo XIX, las jóvenes hermanas inglesas Olivia y Helen Rossetti defienden una educación: que enseñe a los oprimidos a comprender bien de dónde viene el mal y cuáles son sus derechos y sus deberes. La revolución social deberá ser internacional para abolir todo odio mezquino y todo orgullo nacional indebido (citado por Hermia Oliver, The International Anarchist movement in late Victorian London, Nueva York, 1983).

Emilie Lamotte, institutriz, propagandista de la contracepción, conferenciante incansable vivió y enseñó en la Colonia libertaria de Saint-Germain entre 1906 y 1908:

En la escuela primaria, se trata de fabricar esclavos perfeccionados  –es imposible negarlo–. […] Si en lugar de considerar al niño, al cual debemos infundir la ciencia que conocemos y que verifican los diplomas, lo consideráramos valientemente como un genio al que debemos suministrar la materia de sus descubrimientos y los instrumentos de sus experimentos, el resultado sería una cosecha de genios (La educación racional de la infancia, 1912).

Etta Federn, una veterana del Syndikalistische Frauenbund alemán, emigrada a España, estima (Mujeres de las revoluciones, Barcelona, 1938) que hay que emprender desde hoy la tarea de educar a los niños en la libertad, lejos de todo miedo y toda ansiedad.

Padres, si estáis a favor de la Revolución y el espíritu libertario, desterrad los temores, los castigos, las amenazas lejos de vuestros hogares y de la educación. Haced de vuestros hijos seres de valor, libres y sin temor.

Maria Rygier critica, sin embargo, las escuelas Ferrer por su angelismo:

Lo que le falta a nuestro proletariado no es el deseo de un mundo mejor, sino solamente la fe en la posibilidad de su realización. Si falta la fe, es porque falta audacia para la lucha por la conquista de ese mundo tan deseado. Ahora bien, la lucha se nutre de violencia, de odio, se apoya en los instintos primitivos del género humano, forjados por un pasado cruel, rojo de sangre… ¿Pueden las escuelas modernas ser las instigadoras del odio revolucionario sagrado que derriba para construir? No, ¡cien veces no! (“A proposito di scuole moderne”, Il Pensiero, Roma, 1910).

Acción directa

En efecto, escribe Lucy Parsons en 1905:

La caridad no puede liberar al pueblo. Debe hacerlo él mismo. Del mismo modo que un pequeño grupo de revolucionarios aislados no puede actuar en nombre de las masas. El que quiere ser libre debe golpear él mismo. […] Mi concepción de la huelga del futuro no es hacer huelga y seguir muriéndose de hambre, sino hacer huelga y tomar posesión de la producción (citado por Carolyn Ashbaugh, Lucy Parsons, an American revolutionary, Chicago, 1976).

Algunas mujeres no temen, pues, la acción directa; la aman de verdad tal vez, como ocurre con muchos compañeros, amantes apasionados de la libertad y de la revolución. Mother Jones cuenta hacia 1930, a la edad de cien años, su vida de llagas y chichones, organizando a los mineros y los obreros agrícolas de los Estados Unidos (Autobiography, Chicago, 1976). He aquí un breve extracto:

Entonces organicé un ejército de amas de casa. En el día fijado, debían salir de sus casas, con sus escobas y sus cubos de agua, para echar a los rompedores de huelga. Una irlandesa tomó el mando de ese “ejército”. Golpeaba con un martillo una sartén de freír y daba miedo a las mulas que llegaban con los esquiroles y el carbón. El sheriff intentó calmarla y ella le dio en la cabeza con una cacerola. Todo su ejército comenzó a chillar. El sheriff se cayó en el arroyo, las mulas entraron en pánico y los esquiroles huyeron…

May Picqueray asiste a una conferencia de Sébastien Faure, hacia 1920 (May la Réfractaire, París, 1979, reed. 2003):
Nos dimos rápidamente cuenta que elementos perturbadores se habían infiltrado en nuestras hileras y que no tardarían en manifestarse. Cerca de mí un muchacho robusto llenaba su gorro con papel, lo cual hacía presagiar una pelea. Lo estuve observando. Había metido bajo la manga de mi chaqueta una pequeña matraca de caucho, que llegaba hasta mi muñeca derecha. Un camarada me la había regalado para defenderme en caso necesario.

De repente, una lluvia de pernos golpearon los espejos que adornaban la sala y brotaron chillidos de todas partes. Mi vecino se vaciaba los bolsillos con perseverancia. Me subí a mi silla para alcanzarlo (era grande y yo mido 1,55). Logré darle un golpe de matraca en la nariz para calmarlo.

Le debí hacer mucho daño, porque cesó su maniobra e intentó dirigirse hacia la salida. Sus amigos hicieron lo mismo, habiendo cumplido con su “misión”. Pero los anarcos no son mancos: muchachos rudos los pillaron a la salida y les metieron una paliza en proporción con la suma de los perjuicios que debíamos pagar de nuestro bolsillo, por solidaridad con el organizador.

Así fue mi bautizo de fuego. No estaba aún admitida entre los anarcos. Esta pelea hizo que me decidiera.
Elizabeth Gurley Flynn, la que canta Joe Hill (The Rebel Girl, Autobiograhpy, Nueva York, 1955), ha permanecido en la memoria como una oradora legendaria. Pero sus principios no habían sido fáciles:

Cuando llegué a Spokane en diciembre de 1909, el comité compuesto únicamente de hombres quedó desconcertado al enterarse que estaba embarazada. […] En aquel entonces, las mujeres embarazadas solían esconderse. “No es bonito de ver. Y además ¡Gurley tendrá el bebé sobre el podio, como no tenga cuidado!”, decían. Un buen día, de camino hacia los locales de los IWW fui detenida, acusada de “conspiración por incitar a los hombres a violar las leyes” y fui encerrada en la prisión local. Pasé la noche sola y no fui puesta en libertad bajo palabra hasta el día siguiente.

Las brutalidades policiales en Spokane eran tan frecuentes que mis camaradas se inquietaron por mí. Asesté entonces un golpe a las autoridades describiendo, en el número siguiente del Industrial Worker, mi experiencia de una noche de prisión. Toda la tirada del diario fue confiscada. Conté mi historia en el Club de las mujeres local y exigieron que nombraran una gobernanta en la prisión.

En 1945, Marie-Louise Berneri cuenta a su compañero que está en aquel entonces en prisión:

Lunes por la mañana fuimos a un mitin al aire libre y me persuadieron para que tomara la palabra. Sabes que jamás había hablado al aire libre y fue más bien raro. Cuando pienso en ello, me pregunto aún cómo pude subirme sobre aquella pequeña silla y hacer un discurso. Todos me dijeron que me las arreglé muy bien, pero los camaradas son tan amables que no sé si hay algo de verdad en ello. Pero me pidieron que hablase en otra manifestación al día siguiente, y yo, buena niña, fui. La única cosa agradable, respecto a estos discursos, es que uno se siente muy aliviado cuando acaba… (carta a Vernon Richards, en Marie Louise Berneri, A Tribute, Londres, 1949).

(¿Y Emma Goldman?, diréis. Pobre Emma, explotada como madre de todas las anarcofeministas, como prototipo de la anarquista liberada, de la amante y la propagandista, hasta el punto de que algunas autoras hacen todo lo posible para buscar pelea con ella, intentan encontrarla insoportable… ¿Supo vivir felizmente sus amores y su militancia? Es lo que le deseo a todas y a todos.)